“¿De dónde viene ese ruido?”, o cómo vivir con una discapacidad sensorial

“¿De dónde viene ese ruido?”,  o cómo vivir con una discapacidad sensorial

La foto es de Dennis Wong en flickr

“¿Percibiste el perfume de esa rosa?”, “¿De dónde viene ese ruido?”, “Prueba esta ensalada, está muy sabrosa”, “¡Qué paisaje tan bello!”, “¡Tocad esta piel! Es muy suave”, todas ellas son expresiones que hacen referencia a la existencia de los sentidos, así como a la naturalidad con que constatamos su realidad.

Los sentidos se han desarrollado en los seres vivos como los instrumentos que les sirven para poder tener una relación mejor diríamos una interacción, con el resto del Universo que los rodea. La finalidad fundamental de los órganos de los sentidos es recabar información acerca del medio circundante para poder sobrevivir. Los sentidos externos son cinco y cada uno de ellos cumple su función a este propósito.

Así por ejemplo, es necesario ver qué hay alrededor de uno para evitar cualquier peligro. A esto nos ayuda el sentido de la vista, que nos da a conocer el color, forma, tamaño, posición y distancia de los cuerpos.

El sentido del tacto, a su vez, ayuda a los seres, entre otras cosas, a obtener los primeros conocimientos sobre cómo son los objetos que nos rodean, su forma, textura y temperatura. Tocando y palpando los objetos adquirimos conciencia de ellos.

Los sentidos del olfato y del gusto han ayudado a los seres a catalogar los elementos que le pueden servir de alimento: el primero, captando los olores que exhalan los cuerpos; y el segundo, percibiendo los sabores a través de las papilas gustativas situadas en la lengua, detectando el sabor dulce y el salado en la punta, el ácido en los laterales y el amargo en el fondo de la misma. Un objeto que está en putrefacción emite ciertas sustancias químicas que tenemos la capacidad de detectar y sabemos, sea por herencia genética o por aprendizaje, que nos pueden dañar, por lo cual nos abstenemos de comerlo. Por su parte, los movimientos de muchos objetos generan ondas en la atmósfera que sentimos como sonido. Los seres han logrado desarrollar un órgano capaz de recibir este tipo de información, además de cumplir la misión de mantener el equilibrio, el oído.

Siempre se ha dicho que estos son los sentidos con mayúsculas. En realidad, tenemos muchos más. Por ejemplo, el sentido del tacto no es uno solo sino varios. El sentido del tacto incluye la sensación de presión, cuando un objeto toca en la piel, pero también la sensación de temperatura que nos permite distinguir si el objeto está frío o caliente, o la discriminación de la textura, que nos indica si es liso como un cristal o rugoso como el papel de lija.

En el sentido de la vista existe una visión que funciona de día dispuesta para la absorción de gran cantidad de luz y, por tanto, habilitada para una percepción de la realidad en color, por un lado; y por otro, una distinta que funciona de noche, preparada para percibir la realidad en blanco y negro.

También hay otros sentidos que proceden del interior de nuestro cuerpo, y nos indican por ejemplo si tenemos la vejiga llena, o el estómago vacío.

De algunos sentidos apenas tenemos conciencia, como el del equilibrio, que detecta si nos inclinamos con respecto a la vertical, o el sentido de la posición, que nos permite saber en qué posición tenemos las piernas y los brazos aunque tengamos los ojos cerrados. Y aún hay otros órganos sensoriales de los que no somos conscientes en absoluto, por ejemplo los receptores que miden la presión arterial, o la concentración de sales en el plasma.

Todos estos sentidos comparten una estructura básica semejante: Tienen detectores o receptores sensoriales, células especializadas en la captación de estímulos que representan la vía de entrada de la información en el sistema nervioso y que son los que responden al estímulo (la luz, o el sonido, etc.).

El estímulo actúa en una fibra nerviosa, que los conduce al sistema nervioso central, y allí se procesan y analizan. Si estas señales llegan hasta la corteza cerebral, como las señales de la visión o del oído, entonces percibimos el estímulo de forma consciente. Si no llegan a la corteza no entran en la consciencia, por ejemplo las señales de los detectores de presión arterial. Incluso cuando la información sensorial llega a la corteza cerebral, si hay una lesión en la región correspondiente de la corteza, tampoco existe percepción consciente. Por ejemplo, una persona con una lesión en la corteza occipital, que es a donde va la información visual, no puede ver de modo consciente, aunque sus ojos funcionen perfectamente.

Con todo, el objetivo de este trabajo no es el estudio del funcionamiento de cada órgano sensorial, sino tratar la cuestión de la necesidad que los individuos humanos tenemos de los sentidos, así como las consecuencias que se derivan de la privación parcial o completa de uno o varios de estos, a partir del análisis de la razón de ser de los mismos, expuesta ya anteriormente, y de la mecánica del conocimiento sensible, que a continuación desgranaremos.

El conocimiento sensible es un proceso completo que va de la sensibilidad externa a la sensibilidad interna. Así pues, en una primera etapa, este está constituido por la recepción de las formas sensibles, a lo cual están ordenados los sentidos externos. La siguiente etapa está constituida por los sentidos internos, que recogen la información recibida y la procesan según su naturaleza.

El conocimiento sensible externo o sensación es una actividad primaria y cognoscitiva original que capta ciertos caracteres concretos de los cuerpos; o también a actividad psíquica causada por la estimulación de un órgano sensorial, por la que conocemos ciertas propiedades sensibles de los cuerpos. Requiere, como cualquier actividad vital, la existencia de una facultad, la facultad sensitiva, que constituye el principio formal inicial de operaciones, en este caso de las sensaciones. Requiere también un principio vital último de operaciones y unidad substancial, genéricamente denominado “alma”.

La sensación es el acto cognoscitivo que posee formas corpóreas singulares y concretas, es decir, accidentes o cualidades de las cosas. En toda sensación concurren los mismos elementos: un cuerpo capaz de estimular a un órgano sensorial, la afección fisiológica de ese órgano y la captación de una propiedad o cualidad sensible. La interrelación de estos elementos ha sido interpretada de diferentes maneras a lo largo de la historia del pensamiento, de modo que son diversas las tesis sobre la naturaleza de la sensación, que se podrían resumir en estas:

La sensación es una operación psíquica. Es operación porque sentir es algo dinámico. Es psíquica porque le corresponden los caracteres generales de los actos vitales o psíquicos, especialmente la inmaterialidad.

La sensación es un conocimiento legítimo y no una simple afección o un estado subjetivo del que siente, efectivamente con la sensación conocemos la existencia de los cuerpos y sus propiedades sensibles reales y concretas; ciertamente con la sensación no conocemos la esencia de lo corpóreo pero sí captamos sus accidentes verdaderos.

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