La ficción autobiográfica de Ondaatje

Carátula de la novela

“Una novela de iniciación en alta mar que merece un lugar junto a las grandes iniciaciones marítimas de los dos últimos siglos.” Así califica Rodrigo Fresán a la última novela, publicada por Alfaguara, de Michel Ondaatje El viaje de Mina (en realidad, The Cat’s Table o “La mesa del gato”) en la reseña de “Radar Libros”No es extraño que Fresán sienta tanta fascinación por la novela, pues es un gran fan de Ondaatje.

Dice la reseña:

En 1982, Michael Ondaatje (Sri Lanka, 1943) publicó la memoir infanto-familiar Cosas de familia. El libro –considerado uno de los mejores modelos de la forma por la crítica y una “autobiografía ficticia” por su autor– terminaba en el momento exacto en que el joven protagonista y testigo embarcaba en un trasatlántico para dejar atrás el pasado de sus mayores y alcanzar su propio futuro.

El viaje de Mina (transformación un tanto absurda del original The Cat’s Table, y definida por Ondaatje como “ficción autobiográfica”) leva anclas en el instante en que, a principios de los años cincuenta, el Oronsay deja atrás la todavía llamada Ceilán y pone proa hacia Inglaterra. Allí, desde la poco deseable “mesa del gato”, muy apartada del codiciado sitial donde comen el capitán y sus invitados, el onceañero Mina –apodo que le viene de ese pájaro cuyo canto es un eco constante– dispondrá de veintiún días, no para descubrir el mundo pero sí para redescubrirlo. Y hacerlo con los ojos de quien –aunque no sea consciente de ello aún– vivirá para contarla y contarlo, sabiendo que “hay una historia, siempre delante tuyo”.

Y –se sabe también– casi no hay novela flotante (pensar en Moby Dick y El estafador, de Herman Melville, en La nave de los locos, de Katherine Anne Porter, en Los premios, de Julio Cortázar, y hasta en la espacial Solaris, de Stanislaw Lem) cuya construcción no sea episódica y con un reparto/tripulación coral. Así, en breves capítulos, como si se tratara de episodios sueltos de un único sueño, Mina y sus amigos –el impetuoso Cassius, que devendrá en pintor de renombre, y el frágil Ramadhin, que acabará como tutor– abrirán bien los ojos e intentarán desenredar los nudos marineros de las historias más o menos complicadas de mujeres hermosas y no tanto (una tía despectiva y la bella y adolescente prima Emily que es contemplada por Mina como un pequeño Gatsby adorando a su Daisy), de un misterioso prisionero, de una narcoléptica rodeada de palomas, de un mentalista, de un magnate maldecido (uno de los mejores tramos de la trama), de un pianista de jazz, de una jugadora de bridge y de un herborista, entre tantos otros. De este modo –como trazando un mapa y un rumbo a partir de datos aparentemente irreconciliables– El viaje de Mina navega, en principio, como la obra supuestamente más plácida y sin complicaciones de Ondaatje. Y, en un mundo mejor, sería ideal compañía para lectores de raza young adult junto a títulos como Grandes esperanzas, de Charles Dickens, Kim, de Rudyard Kipling, El gran Meaulnes, de Alain Fournier, El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger o, más cerca, Vieja escuela, de Tobias Wolf.

Pero –esta supuesta juvenil y fluida sencillez– es una impresión engañosa, porque de lo que en realidad trata y de lo que se trata aquí –con un maestro al timón– es de intentar y de conseguir mostrarnos cómo se mueve el crucero por siempre errante de nuestra memoria. Para ello, Ondaatje se vale de un interesante recurso estructural que recuerda un tanto a ciertos modales en esas obras más allá de todo género de V. S. Naipaul: las esporádicas y muy breves interferencias de Mina desde nuestro presente en el Oronsay desembocan en una coda actual en la que el por siempre pequeño viajero que alguna vez fue termina de comprender, ahora y desde una tierra no tan firme –y con un sentido de la casualidad y del azar muy lejos de cierto facilismo marca Auster– la vida secreta de una muerte pública y el verdadero sentido de aquella odisea iniciática.

(…) El viaje de Mina no tiene la ambición experimental de Las obras completas de Billy The Kid y El blues de Buddy Holden, o la épica/intimista del díptico En la piel de un león / El paciente inglés, o la rara lírica de ese thriller histórico-político que es El fantasma de Anil, o (¡qué gran película podría hacer Terrence Malick con ella!) la audacia formal y poética de Divisadero. Pero en su modestia –que no es falsa, pero que sí apenas esconde su auténtica ambición a la hora de conseguir, según su autor, “un libro un poco más normal”– Ondaatje ha logrado algo que, si no naufragamos antes, de aquí a un tiempo será considerado, con justicia, un inhundible clásico de la literatura de iniciación. Algo que, en palabras de Ondaatje, empezó apenas con “la imagen de un chico subiendo a un barco rumbo a un lugar del que no sabía nada”.

 

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