Las obligaciones de un lector

Lector en el metro de Nueva York.

“El arte de leer ficciones” de Alberto Manguel. Imperdible artículo en “El País”. Dice: “(…) el mundo ha sido contado y vuelto a contar para nosotros por los novelistas y, con inagotable apetito, los lectores seguimos pidiendo que nos lo cuenten”.

Dice además:

El proceso es interminable: cada vez que el escritor inventa una nueva trampa, el lector cae en ella, la reconoce y de inmediato exige otra. A esa sucesión de trampas y escapatorias le damos el nombre de literatura.

En tal campo minado ¿cómo saber qué es una novela? Bajo la apariencia de una obra teatral (La Celestina de Rojas), de una abultada correspondencia (Las relaciones peligrosas de Laclos), de un álbum de fotos comentado (Austerlitz de Sebald), de un poema (Eugene Onegin de Pushkin), el mundo ha sido contado y vuelto a contar para nosotros por los novelistas y, con inagotable apetito, los lectores seguimos pidiendo que nos lo cuenten. Somos fieles a las palabras de Juan, y sabemos que en el principio fue (y sigue siendo) el Verbo.

A mediados del siglo XVII en los jardines de la escuela cisterciana de Port-Royal, el adolescente Jean Racine leía la antigua novela griega de Heliodoro, Los amores de Teognis y Caricles, cuando su supervisor, indignado de que el muchacho se ocupase de cosas tan mundanas, le arrancó el libro de las manos y lo echó al fuego. Racine consiguió un segundo ejemplar que también fue descubierto y condenado. Entonces compró un tercer ejemplar, lo leyó hasta el final, y se lo entregó a su supervisor con estas palabras: “Podéis echarlo al fuego también. Ya he aprendido el texto de memoria”. El 29 de enero de 1854, por la tarde, Gustave Flaubert le escribe a su amante, Louise Colet, para contarle que está leyendo El Rey Lear de Shakespeare como si fuese una novela. “Estuve como aplastado durante dos días por una de las escenas, la primera del tercer acto. Este tipo me va a volver loco. Más que nunca, todos los otros me parecen niños a su lado”, confiesa Flaubert. El 25 de agosto de 1959, Adolfo Bioy Casares le cuenta a su amigo Jorge Luis Borges que está empezando a leer Guerra y paz. “Cuesta entrar”, le advierte Borges. “¿Es un novelista muy hábil? ¡Qué va a ser! Yo creo que lo mejor es leer todo lo que se refiere a la guerra”. Y agrega sarcásticamente: “Pero entonces te perdés el idilio…”.

(…) Hacer nuestro un texto querido, memorizándolo, para que forme parte de la biblioteca de nuestra memoria; dejarnos aplastar por una historia, para que se vuelva nuestra la emoción y la sabiduría que nos otorga; tener el coraje de decir que un libro nos gusta o no, aunque sea un clásico reconocido, modificándolo según nuestro criterio. Estos son los derechos, y tal vez las obligaciones, de todo lector de novelas.

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