Un niño que aprendió a besar con los ojos abiertos

Erri de Luca

Uno de los libros más hermosos que he leído: el último de Erri de Luca, publicado por Seix Barral, bajo el título Los peces no cierran los ojos. Un libro sobre infancia, Nápoles, un niño de 9 años -la edad de mi hijo- que crece demasiado rápido, y un beso frente al mar. Bellísimo. En el suplemento Radar Libros, Martín Pérez comenta la novela -que está en Lima, no dejen de comprarla- a la que presenta como “un libro breve y hermoso que cuenta la historia de un niño que aprendió a besar con los ojos abiertos.”

Dice la reseña:

“Yo había llegado a los diez años, una maraña de infancia enmudecida”, anuncia el protagonista de Los peces no cierran los ojos. “Diez años era una meta solemne, por primera vez se escribía la edad con doble cifra. La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años. Acaba, pero no ocurre nada, uno se queda dentro del mismo cuerpo de crío atascado con los demás veranos, revuelto por dentro e inmóvil por fuera. Tenía diez años. Para decir la edad, el verbo tener es el más preciso. Estaba en un cuerpo encapullado y sólo la cabeza intentaba forzarlo.”

Como sucede en toda la obra del napolitano Erri De Luca, el protagonista es un alter ego del autor, que ha asegurado en varias entrevistas haberse atrevido a recordar sus diez años recién al haber cumplido sesenta, a modo de celebración del medio siglo transcurrido desde aquellos días. Un tiempo que De Luca ocupó creciendo en Nápoles, para huir sin mirar atrás a la edad de dieciocho, sumándose al grupo de extrema izquierda italiano Lucha Continua. Conoció la cárcel temprano y mucho más tarde, al abandonar los sueños revolucionarios, supo ser obrero y albañil. También fue camionero, conduciendo vehículos de apoyo humanitario durante la guerra de Bosnia. “Ningún obrero hace su trabajo por vocación sino por necesidad. Para ellos, el hecho de que yo escribiese significaba que tenía un segundo empleo. Y como seguía en la obra, entendían que no valía gran cosa”, cuenta De Luca, escritor tardío, que empezó a publicar recién al acercarse a los cuarenta. “Inventar me parece un abuso de confianza”, asegura el napolitano, que una vez que publicó su primer libro (Aquí no, ahora no, 1989)– siguió haciéndolo con regularidad. El éxito le llegó una década después, con Tu, mío (1998), y desde entonces se ha convertido en una celebridad europea, llegando a formar parte del jurado del Festival de Cannes en el 2003, junto a Meg Ryan y Steven Soderberg. Venerado en Italia, y celebrado en Francia y Alemania, la obra de De Luca en español ha tenido suerte diversa, ligada a la de las pequeñas editoriales que han publicado sus breves libros, como Akal o Siruela. Por eso es que Los peces no cierran los ojos, la primera novela de De Luca editada por Seix Barral e impresa de este lado del Atlántico, resulta ser todo un acontecimiento. Y no podía ser más perfecta la iniciación local en su obra que con esta encantadora y dura novela –justamente– de iniciación.

(…)

Aun cuando se trate de la historia de un niño que se deslumbra ante la aparición de un nuevo mundo, el femenino, la vida adulta de De Luca no deja de aparecer en la historia. “Un escritor es como un zapatero, lo que tiene que hacer es buenos zapatos. Si quiere darle un valor ético o político a su trabajo, lo que debe hacer es actuar para que nadie tenga que ir descalzo”, asegura De Luca cuando insisten en preguntarle por los vínculos entre su literatura y la política.

Resignado a que le cuelguen el cartel del escritor obrero y también (ex) revolucionario, las entrevistas que ha dado De Luca por la edición del breve y bello libro que es Los peces no cierran los ojos siempre tocan el tema de la actualidad política europea y las prácticas de ese nuevo actor que son los indignados. “Veo una juventud que quiere dialogar con el poder, quiere ser escuchada. Es una generación democrática y, por lo tanto, ésa es la actitud que toma. Tienen fe en que la otra parte se sentará a escucharlos, pero yo no creo que eso ocurra”, asegura De Luca, que no reserva sus mejores opiniones para la actual clase política europea. “La política es una hermosa palabra. Lo que ahora se hace no es política, es el poder económico de unos pocos, y a eso se le llama oligarquía. No utilizaría una palabra noble como es política para describir lo que hacen los administradores de nuestros gobiernos, que se limitan a hacer cuentas, lo que ha convertido a la política en una rama menor de la economía. Esas cuentas que hacen los políticos las pagan los que menos tienen. Los políticos son administradores de una sociedad de acciones de la que son los principales accionistas y ya no hay ciudadanos, sino clientes”, asegura el obrero, el revolucionario pero, antes que nada, el escritor. Como lo demuestra un libro breve y hermoso que cuenta la historia de un niño que aprendió a besar con los ojos abiertos. Como los peces, que nunca cierran los ojos.

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