Erwin Mortier reseñado

carátula de la novela

“Una novela de aliento proustiano” dicen de la obra del belga Erwin Mortier. Un nuevo retrato de la burguesía, esta vez antes de la I Guerra Mundial, contado con maestría según la reseña que firma en “El Cultural” Germán Gullón. La novela se titula Cuando los dioses duermen y la publica Acantilado.

Dice la nota:

La calidad literaria de Erwin Mortier (Nevele, Bélgica, 1965) merece la atención del lector español. Es un escritor con historias que contar y poseedor de un instrumento verbal envidiable, tanto que esta reseña podría hacerse a base de citas. Una muestra: “El ser humano nunca será más que el borrador de sí mismo, un tosco esbozo en un folio que puede ser arrugado en cualquier momento” (pág. 19). La protagonista del relato, Helena, sobrepasa los cien años. Ha perdido marido, hija y hermano, y vive atendida por dos mujeres, una amable, Rachida, y otra hostil, que hace el trabajo de lavarla, moverla de un sitio a otro, y prepararle la comida con desgana. La soledad silenciosa es rota sólo por las conversaciones con Rachida y por los recuerdos de su vida, recogidos en unos cuadernos, especialmente de la I Guerra Mundial, cuando la adolescente se convertía en mujer joven, que la anciana complementa con observaciones sobre su condición de persona dependiente. La historia no guarda un orden cronológico, pero resulta fácil de seguir.

El relato de Helena, que creció en el seno de una familia belga acomodada antes y durante la I Guerra Mundial, mezcla la Historia, los horrores del sangriento conflicto, de una contienda sostenida en las frías trincheras, que produjo incontables heridos e infinidad de mutilados, los que físicamente perdieron un miembro y quienes quedaron huecos por dentro, por el miedo vivido, por el dolor de ver a los compañeros morir, etcétera. Y todo, como dije, entreverado con las conversaciones mantenidas con Rachida, que tienen lugar en el presente.

Antes del conflicto, Helena y su familia vivían una existencia burguesa regalada, disfrutando de una elegante casa en la ciudad, posiblemente Gante, una finca en el campo, y las ventajas que permitía el dinero. La madre, muy estricta, aparece como la protagonista de estos momentos, y actúa como la guardiana de los valores sociales burgueses, basados en una estricta división de clases, el guardar las apariencias, y así, que al terminar el conflicto bélico perderán su validez. Durante la guerra, Helena, entonces una mujer joven, se enamora del soldado y fotógrafo inglés Matthew Herbert, que la llevará a ver la guerra de cerca. Después acabarán casándose y teniendo una hija.

Destaco dos temas que guadianean por un texto excelentemente traducido del neerlandés. Primero, Bélgica, esa “nación siempre ocupada en abrigar su propio vacío” (pág. 105), y segundo, la reflexión sobre la lengua. El narrador envidia “el vocabulario cromático [de los pintores]. Envidia por ser incapaz de moler el lenguaje en un mortero y volverlo más líquido […] crear nuevos colores agregando un poco de una palabra al polvo de otra” (pág. 147).

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